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A la izquierda  del Tormes

 

 

De ser cierto que la creatividad es nuestra parte divina; de ser cierto que cuanto más original sea un escrito terminado más derecho tendremos en demandarle a Dios que nos conceda la realización de alguno de nuestros deseos más profundos: Pues yo te aseguro que para escribir esta carta inventaría un idioma que pudiera ser entendido por todas las personas del mundo pero que nadie pueda volver a utilizar en lo que nos resta de historia. Crearía un alfabeto de caracteres fabulosos que fueran una mezcla de lenguas septentrionales y australes para que ningún ser sobre la tierra, presente y futura, pudiera reescribir de nuevo.

 

Inventaría nuevos símbolos para que reemplacen por completo nuestro autóctono abecedario terrícola. En el desarrollo de mi nuevo idioma, cada palabra admitiría una nueva combinación de letras. Y cada gramática, un renovada combinación de palabras. En este vocabulario se leerían con simplicidad ideas que resolvieran dilemas teologales y físicos. Sería todo un entero alfabeto, que solamente serviría para dedicarte esta epístola. Ese idioma que yo invento, estará destinado a conciliar puntos de vista que se oponen... Y entonces, al acabar esta carta, yo le pediría a mi Señor amanecer al lado tuyo, luego de habernos amado toda la increíble noche sin descansos y sin prisas.

 

Yo sinceramente cada día estoy un poco más agradecido con Salamanca. Me fui de casa a las cuatro de la tarde, llevaba con migo muchos deseos de ver el Tormes otra vez. Caminos de ida siempre son cuesta abajo. Hasta Plaza Mayor voy casi sin esfuerzo, excepto por una callejuela que me está casi obligada por mi comodidad y mi prontitud. Cuando salgo de casa me siento como si fuera el agua de las corrientes más rápidas, que siguen su rumbo hacia la cascada o, tal vez, una mar más grande, dejándose guiar por su inercia, confiadas en que desembocarán en el lugar que naturalmente les corresponde. Yo igual me dejo siempre llevar por los declinados asfaltos, confiado en que me llevarán hacia la paz de los afluentes. Tal cual lo decía Melville: Fíjense que las aguas siempre son el punto final en que se sienta a  reposar el caminante.

 

Pero yo me paro un poco antes del afluente. Tengo un punto de referencia que con amplias esquinas, me avisa que en unas calles más tendré que decidir por uno de los cuatro estes, como un camino de media tarde por lo menos. Generalmente elijo cruzar el empedrado Romano, y me dirijo hacia los perímetros de la facultad de derecho, o el hospital de Salamanca... O un lugar maravilloso que se llama Huerta Otea. En latinas lenguas y en medianos letreros que se anticipan a la vegetación, van anotados los nombres de los arbustos y de los árboles y de los pinos. Pero hay días que no soy yo quien elige las aguas. Pareciera que las bellezas de la ciudad tienen una voluntad propia y misteriosa, pues aunque yo me decida por frecuentar tierra firme, aparezco no sé cómo en alguna extensión de mi río. Por ejemplo, una vez quise perderme en dirección de mi norte, y acabé viendo sirenas que se bronceaban en una vegetación escondida, amurallada en todas sus fronteras por paisajes naturales, mientras exponía la vida del río. 

 

Siempre a mi derecha, cada tantos metros, el Tormes se ocultaba y asomaba nuevamente entre los juncos y los lastimeros escombros de alguna edificación que aspiraba a codearse en un mañana con los templarios amaneceres del río que más amo. Cada vez que tengo oportunidad me detengo y miro el horizonte que me permiten las desintegradas arquitecturas de la ciudad. Entonces allí veo la reverberancia en la superficie ondulada y ya a estas horas inevitablemente bicolorida. Desde mi primer atisbamiento en el puente de piedra, la belleza del Tormes se podría comparar con muchísimas imágenes que alguna vez me han conmovido.

 

En mi viaje voy mirando al Tormes como si yo fuera un chico que está mirando una tormenta eléctrica. Y se sienta a esperar el rayo indefinido detrás de la ventana, para que el éter se partiera en el momento menos esperado. Yo no sé si esto último estará bien sentenciado. Porque yo recuerdo que estaba esperando el rayo siempre. Y cuando caía, me sentía tan afortunado. Entonces, por el éxtasis de sentirme un elegido, me olvidaba haber estado ahí aguardándolo. no me ponía a pensar si lo había esperado o no. Más o menos me pasará igual con el río Tormes. Mi camino, se puede pensar como si fuera el cielo de la tormenta... Y el Tormes me deslumbra a medida que se va repartiendo en cortas y largas ráfagas de tiempo. Son fantásticas postales hermosas e inesperadas.

 

Quienes presenciaron tocar a Sumo afirman que era muy parecido al circo, donde no se sabía lo que iba a suceder al segundo siguiente: Tal vez los trapecistas cayeran al vacío sin red... O los payasos harían alguna broma inesperada... O el prestidigitador podría conseguir metamorfosis de palomas a conejos o viceversa. O quizás algún león madurado podría devorar la cabeza del domador. Mi Tormes es parecido.

 

Desde el primer vislumbramiento desde el puente Romano, ya se revela para el viajante una media cascada, que desde la orilla pareciera ser más una confusión óptica, un error de apreciación. Un negro clásico y otro un poco más tenue para el buen observante, invitan a preguntarse si de verdad no estaré viendo un río sobre otro río. O es naturaleza solar iluminar más una superficie, y que otra se acercara más al petróleo.

 

Cuando Todavía tengo curiosidad de más tierras, me aparto del vado, y por allí donde empiezan a nivelarse las pendientes, sigo andando para poder decir que conozco cada vez más ciudad, pero también me encanta perderme adonde la civilización recién está empezando a dejar su huella y su contaminación. Llegué donde impetuosas máquinas constructoras descansaban solitarias en el suelo arenoso, cada ciertos pasos una enlodada zona testificaba con huellas la presencia de albañiles no muy antiguos. La civilización española jamás desaparece. Y no hay lugares que puedan llamarse "vírgenes". Aún cuando llegué a los bosque y a los oasis más ocultos y menos frecuentados, alambradas especificaban muy bien la intromisión humana. Me esforcé todo cuanto los desconocidos terrenos me permitieron llegar, buscando la más precisa soledad, la más justa comunión con la Naturaleza, el mayor asombro que pudiera tener. Recuerdo primero los toboganes que imaginé en lugar de las calles que transitaba. Son tan impredecibles las calles y las veredas de Salmantinas, que a veces me parece visitar un parque de diversiones de cuando yo era pequeño. Las empinadas son frecuentes y generosas.

         

A punto de plagiar a mis ídolos en una frase que te nombra, vida mía, te confieso que distintas emociones ha revivido en mis adentros el nostálgico Cinema Paradiso. Ahora que se transcriben en negras tintas transmisoras las rojas letras de mi cursivo epistolario, ese adecuado violinista me regala una sinfonía mental que recupera mis viejos estremecimientos, y me ayuda a imaginar el olor de nuestros cuerpos sufriendo su pasional metamorfosis a lo largo de toda esta condensada noche. Ahora mis lágrimas me han obligado a apartarme a mitad de la película: Ejemplificadas las tres heridas de la vida, no pude soportar la prisa para venir a escribirte.

 

Llevo muchas escrituras prometidas a mis hojas taciturnas, y me admito un poco confundido. ¿Qué te diré primero? ¿Te contaré de mis rutinas triviales que sólo la escritura tilda de extravagantes? ¿Te hablaré de mis perdidas? ¿Quizás de mis dioses o de mis ángeles?...

 

Cinema Paradiso me ha transportado aquí mismo, fuera de mi ventana o cruzando el vigilante dintel de mi puerta. Cada tanto se infiltraba en la pantalla un pequeño rebaño bicolor, que cruzaba la escena como para recordar al espectador la época o la condición de los habitantes. Eso me recordó que hace 2 días regresé al arroyo que calmó mi sed la primera vez que baje de la colina.

 

Más allá del arroyo aluciné a quinientos metros de mí lo que sería una cadena de mármoles enormes o, tal vez, de gigantescas calizas, que servían como frontera entre un terreno y otro. Cada mármol tendría un tamaño de metro por metro. Hace un tiempo tal vista me hubiera dejado perplejo, mas el acostumbramiento a la belleza centenaria Salmantina me ha hecho dudar de la mitología que alude menosprecio a las mentes Españolas. Mezclados están la naturaleza y la civilización. Y cada arquitectura se ve pensada en manera adecuada, para que parezca natural la mano del hombre, o al menos para que el observador dudase, igual que me ha pasado a mí:"¿Fue Dios o el hombre el creador de esta maravillosa naturaleza?. No sé quien fue el responsable, pero como un ejemplo cito nuevamente un lugar trabajado por máquinas constructoras la primera vez que lo visite. Si es que la capacidad de calcular a simple vista no se me ha desgastado con los años de ocio, diré que era un campo pedregoso de doscientos metros cuadrados. Las topadoras y los camiones descansaban a la hora de la siesta solitarias, sin presencias mortales salvo la mía. Se trabajaba en una especie de puente, un prolijísimo amontonamiento de rocas que comunicaban el campo estéril con el otro lado: un prado rocoso que me prometía pinares y golondrinas y amapolas y violetas... Y en verdad que el primer día me hubiera hecho mucha falta, pues me moría de ganas por perderme más allá de la tormesina ciudad de Salamanca. Por eso nombraba, querida mía, al responsable de de estas construcciones, que parecieran estar hechas por artesanos de la naturaleza. ¿Cómo se habrán ocurrido? Imaginé entonces a un español admirando los paisajes y decirse: ¡Aquí!,¡Aquí es necesario tal o cual arquitectura! Y luego el pensamiento imaginaría una artesanal compuerta que delatara el ingenio humano, y más ingenio al rimar armónicamente con el decorado primitivo y climático.

 

La concentración en la escritura ha suplantado tu cara temporalmente por otra belleza conmovedora: El lugar del que te cuento.

 

El hecho es que luego de unos días regresé, y las maquinarias ya no estaban. Revisé sin cansarme la escena, y todo parecía natural: como si la Madre Tierra hubiese puesto por accidente una arquitectura que pasaba desapercibida. Y sobre la colina, la ruta... y el tráfico que me apenó. Atravesando la colina de lado a lado, un pasaje, mejor, un túnel. Recuerdo que buscando un cruce para las alambradas, llegué con el sol en mis encimas a un túnel totalmente cilíndrico que me comunicó con el altanero sol al otro lado. Sentí al cruzarlo el eco de las ruedas de la todo-terreno. Me decepcioné cuando hallé saliendo rocas y un acantilado que me vedaba la continuación y que me mataron el entusiasmo. Pero mantendré el recuerdo por muchas décadas, pues me parecía estar viviendo dentro de una película adolescente. Pero yo te hablaba de los mármoles inmensos...

 

Ya sumido en la calma de las aguas, en el salvador arroyo que paró mi sed con sus terrosas aguas enrojecidas, conseguidas de tierras rojas, rojas como la tierra de Tara, pensé acercarme hacia el mármol luego de haber descansado con un capítulo de Melville, ya que tengo bastante demorada a la ballena blanca. Pero en mitad de mi primera carilla de lectura, se repitió un lejano cencerro y esta vez, atinaron mis imaginaciones a crear un rebaño en lugar de las calizas. Yo no atisbé una medianera de rocas blanquecinas y separadoras.

 

La campanada me apuró a levantarme. Bordeando mi arrollo poco a poco me acerqué a los animales, pero me frenó una imagen (Que luego volví a ver en el Tormes) que mejor me hubiera forzado a admiración, pues me empapó de naturaleza, ausente de hombres, ausente de edificios... ausente de urbanidades, el lago se había formado justo en una depresión que yo no sé si era hija de Dios o de alguna civilización.

 

Cruce con la mirada las aguas: al otro lado el sol se iba poniendo lenta y decididamente. Juntos, las aguas turbias y el sol me regalaban un árido espectáculo a mi oeste. Las aguas eran negras para quien las mirase desde ese ángulo, que conciliaba mi humanidad con las cosas divinas. Veinte metros separaban costa de costa. Arriba de mí, el sol no paraba de lucirse mientras finalizaba su ruta en el escampado celeste. Más o menos dos horas separaban mi presente del próximo atardecer. Mi sol en su partida auspiciaría irónicamente las estrellas.

 

Miré nuevamente al preparado horizonte que me seducía la vista del mismo modo que me tienta mirarte a cada momento. Sólo a las orillas el agua continuaba con su impiadosa negrura. Flotantes flores blancas que decoraron las dulces y calmadas orillas insinuaban la potabilidad y la vida que yo en mi tierra no conocí en ningún río. Aquella flora esperanzadora fue lo que hizo que yo confiara mi sed a esas mismas aguas unas semanas atrás. Una dogo que prefiero saltear, me abandonó poco después que yo arribara en aquel vado.

 

Decía que las aguas eran acalladas y obscuras únicamente por unos metros pegados a las orillas. Pero adentrándose mas con la vista, la reverberación de la luz solar modificaba el original matiz, y convertía en platinado el resto de la superficie. El reflejo entero del rayo solar se repartía en un soberbio montón de ondas que parecían hablarme en un Morse interminable de haces de luz. Intermitentes fulguraciones de predominantes brillos me regalaron una visión milagrosa. Fue entonces que escudriñé justo bajo el sol unas arruinadas paredes, que yo supongo ahora habrán pertenecido a la guarida de algún sobreviviente ancestral, rudimentario. Para que tú puedas imaginarlas, te describiré que el cemento jamás había ayudado a su manutención. Esas paredes ruinosas parecieran haber sido fundadas con capas de hojaldre de cocina, apiladas unas sobre otras, igual que el frágil puentecito del que te hablé unos párrafos atrás. Quisiera decir algo más sobre el puente... Pero se confunde una belleza con otra. Vi algunas cabras que se echaron a dormir entre las paredes rotas. Otras pastaban el campo dentro de la misma arquitectura minusválida, que bien podría haber parecido una osamenta sobreviviente de las anticuadas milicias europeas.

 

Siempre con el rayo del sol dando en mi diestra, rodeé las aguas que me faltaban para llegar a los restos de la estructura primitiva. Cada tantos metros me detenía para quedarme admirando las aguas reflejadas.

 

A dos perros ovejeros que corrían al pie del monte, a unos 50 metros del rebaño, les debo agradecimiento. Pues fue por ellos que adiviné la presencia de Anatollie.

 

Anatollie es un pastor que se expresaba en castellanas palabras y estructuras simplificadas que prescindían de modificadores directos. Fue por medio de señas elementales y no del vocabulario ortodoxo, que lográbamos explicar algunas de nuestras comunicaciones. No se levantó del pasto cuando me acerqué. Uno de los ovejeros lo imitaba en su sedentarismo. Me habló de su país, Bulgaria. Y ayudado por sus índices, Anatollie me explicó acerca de un trato que pudo conseguir con el gobierno español. “4 meses, trabajo. 2 años residencia”. Tenía el sufrimiento en los ojos celestes, la voz cultivada por el trabajo duro. Y aunque me aseguró que no extrañaba su tierra, se le notaba afectado cuando recordó a su familia.

 

Pensé por un momento que Anatollie era un sujeto con suerte. Aquella obligación rural, le arrastraba a la soledad del monte. Imaginé todo lo que pensaría mientras lo encadenaba a los atardeceres. Y aunque me recibió con cortesía, el gran rumano Anatollie no se demostró muy inquieto si me marchaba. Y al partir… Nos estrechamos las manos por segunda vez. Y aseguramos volver a vernos.

 

Unos días más tarde ( si mal no recuerdo: ayer),  llegué al mismo sitio y no vi rastro de él ni de las cabras.

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Nicolás López Dallarra nace el 8 de Agosto de 1977  en Buenos Aires, Argentina.

Actualmente reside en Salamanca (España)

E- Mail : Ad.litteram@hotmail.com                                                                                                                                                                

 

Publicaciones:

 

Revista Voces, Número de Marzo 2007: Poemas : Cinco Caracteres – La mar en calma - Relatos : Un hombre con sentimientos puros - Semifinalista del Concurso poético Amarga Hiel: En cada letra te desnudas (Poema) – Revista Remolinos (Perú): Katrina – Revista Diez Dedos : El Águila Real (Epistolario)

 

Revistas Virtuales:

 

Archivos del Sur (Argentina) : La Herida del Amor – Un lustro sin tenerte - Revista Pastizal Nº 7 y 8 (México): Introducción a Color del Trigo,  Murallones  - Olor a tierra mojada (epistolario) , Desingenuidad (poema) - Poesía de Ayer y Hoy: Mis sueños realidades , El Otro Oeste, Gestaciones.

 

Pertenecen a Tres líneas de la mano : Cinco Caracteres - La mar en calma – Mis Sueños realidades

 

Pertenecen a Confesiones del Destierro en la ciudad Tormesina : El Otro Oeste – Gestaciones

 

Pertenece a El Poeta que amaneció en el laberinto de Dédalo: Murallones

 

Manuscritos terminados: 2003: Intangibilidad – 2006: Color del Trigo – 2007: (Enero) Tres líneas de la mano,  (Mayo) El Nonagésimo Noveno Nombre: Asterión y Yo – (Agosto) Confesiones del destierro en la ciudad Tormesina – (Septiembre) El Poeta que despertó en el laberinto de Dédalo

 

 

 

 

 

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